Siempre me gustó cocinar. Cuando era chiquita y no me animaba a encender las hornallas, solía acompañar a mi mamá a las clases de cocina de Elsa, gastrónoma de las de “antes”, de pelo blanco, brillante y sedoso como el merengue italiano del Lemon Pie, como esas abuelas de los cuentos infantiles.
Esta mujer de tamaño grande y corazón gigantesco también fue mi profesora cuando sobreviví la adolescencia. Recuerdo que ella decía que la habían invitado a muchísimos programas de televisión pero nunca había aceptado porque no tenía el físico adecuado para salir en la pantalla de color. Nos aconsejaba cuidar la silueta sin dejar de disfrutar los manjares que salían del horno. La admiré y la quise mucho. Elsa no necesitaba más que unas gotas de vainilla, una ramita de canela y una pizca de sentido de humor para aromatizar la tarde y para aprender a deleitar a los otros.
Esta mujer de tamaño grande y corazón gigantesco también fue mi profesora cuando sobreviví la adolescencia. Recuerdo que ella decía que la habían invitado a muchísimos programas de televisión pero nunca había aceptado porque no tenía el físico adecuado para salir en la pantalla de color. Nos aconsejaba cuidar la silueta sin dejar de disfrutar los manjares que salían del horno. La admiré y la quise mucho. Elsa no necesitaba más que unas gotas de vainilla, una ramita de canela y una pizca de sentido de humor para aromatizar la tarde y para aprender a deleitar a los otros.
Más tarde, cuando ya no le tuve miedo al fuego, empecé las clases con mi vieja. Aprendí platos sencillos y básicos, los que siempre estarán presentes en la mesa argentina. Mientras la cantidad de velas aumentaba en cada fiesta de cumpleaños, mayor número de ollas, cacerolas, fuentes y sartenes se iban sumando a la experiencia culinaria. No había casi ningún elemento de cocina que no hubiese pasado por mis manos.
Una vez que ella me pasó todas sus recetas y todos sus secretos, sentí que era tiempo de empezar a probar por mi cuenta. Quise explorar y me descubrí cocinando algo bien tano o gozando de lo exótico japonés. Luego de algunas quemaduras en las manos y dedos cortados por mirar hacia otro lado mientras picaba una cebolla, aprendí a amasar pizzas, ñoquis y tallarines caseros, tortas, tartas, galletitas y toda clase de repostería. Con el tiempo se sumaron los canelones de ricota y espinaca, la bagna cauda, las empanadas, las salsas picantes de mi autoría, un curso de sushi a cargo de otro maestro, recetas orientales en honor a mi apellido materno y la improvisación cotidiana que saca la creatividad dentro de mí. Claro que no puedo escapar del delivery cuando llego tarde a casa y no tengo ni ganas de cocinar un huevo frito. Satisfacer la necesidad de comer todos los santos días puede ser un martirio, como cualquier rutina, y la verdad no me gustaría llegar a odiar aquello que amo desde niña. Como dije en otro párrafo, no hay nada como deleitar a tus seres queridos con platos caseros, simples o complicados, según requiera la ocasión, y sabrosos, por supuesto (si alguno sale quemado, crudo o el problema que fuese, llame al delivery más cercano a su domicilio).






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