En última instancia, el fundamento del poder es la fuerza militar, la capacidad de destruir. Al menos, esa parece ser la lógica que rige las relaciones entre países y grupos humanos. Siempre se ha temido y respetado al imperio o país más fuerte, y mucho más desde mediados del siglo XX, con al advenimiento de la amenaza nuclear.
Pareciera que, para ser importante en el mundo, para ser escuchado y tenido en cuenta, hay que ser capaz de borrar del mapa a toda la humanidad con sólo apretar un botón.
Así, la tecnología armamentística alcanzó durante el siglo XX un desarrollo paralelo al de la ciencia y la computación. Y no sólo en el campo nuclear. La inteligencia humana sigue produciendo creativos artefactos para acabar con sus vecinos planetarios, desde las modernas armas convencionales hasta las que permiten una destrucción masiva (nucleares, químicas y biológicas).
Armas nucleares, ayer y hoy
Compilación de bombas atómicas
YouTube, 5:44 minutos
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Ya quedó atrás la Guerra Fría, y muchos suelen olvidar que el peligro de un holocausto nuclear no ha cesado. Vale la pena recordar de qué se trata este tipo de artefactos.
Las armas nucleares se encuentran entre las de mayor poder destructivo, con un radio de acción de decenas o centenares de kilómetros a partir del punto de detonación y una potencia similar a la que se obtiene detonando simultáneamente varios millones de toneladas de TNT.
Destruyen todo a su paso, pero sus efectos no se limitan a eso. El calor que desprenden alcanza miles de grados centígrados, que lo derriten todo, y dejan una radioactividad que permanece por muchos años.
Las más temibles son las llamadas "bombas de neutrones", una variedad de arma nuclear cuya explosión ataca sólo a los seres vivos, sin producir daños en las instalaciones. Es decir, que si cayera sobre una ciudad, esta quedaría en pie, pero sin nada vivo en ella.
Durante la Guerra Fría, el mundo vivió al borde de una guerra nuclear que hubiera significado la destrucción planetaria, situación que llegó a su punto máximo en la Crisis de los misiles de 1962. Sólo la evidencia de la destrucción mutua asegurada hizo que primara la racionalidad, y puso a las dos grandes potencias de entonces en el compromiso de controlar la proliferación de armamentos nucleares.
Actualmente, sigue habiendo miles de ojivas nucleares activas, apuntando a distintos blancos y montadas en misiles, listas para ser disparadas. Muchas de ellas se encuentran fijas, y otras a bordo de vehículos terrestres, aviones y submarinos, en constante movimiento.
En octubre de 2007, por ejemplo, Rusia reanudó sus vuelos nucleares, como era costumbre durante la Guerra Fría. Para que quede claro: en este momento, hay bombas nucleares rusas en el aire, apuntando a diversos objetivos.
Los países que más ojivas nucleares operativas tienen siguen siendo Rusia y Estados Unidos, con aproximadamente 5.000 en cada caso, y un compromiso firmado por los presidentes Bush y Putin para reducir en dos tercios sus arsenales en 10 años. También cuentan con estos armamentos, en menor medida, Francia, China, Gran Bretaña e Israel.
Más alarmante es la situación de la India y Pakistán, países limítrofes nuclearmente armados que viven desde hace décadas en tensión bélica constante. Y en el caso de Pakistán, con una gran inestabilidad política y el permanente peligro de que las armas acaben en manos de grupos extremistas islámicos. La incógnita actual es si el Irán de Ahmadinejad no será el próximo país en desarrollar armas nucleares, algo que alteraría la actual disposición de fuerzas en Medio Oriente con consecuencias imprevisibles.
También existen países que, aún teniendo capacidad nuclear, han renunciado a la fabricación de armas. Así lo han hecho, por ejemplo, Argentina, Brasil, Ucrania y Kazajstán. Sudáfrica, por su parte, tuvo armas nucleares pero declaró haberlas desactivado.
Armas químicas y biológicas
Sencillamente, se le arroja enemigo algo que lo enferma, lo mata, lo atonta o lo incapacita.
Las armas químicas son aquellas que utilizan las propiedades tóxicas de ciertas sustancias químicas para hacer daño. El gas sarín y el gas mostaza son ejemplos. Y las armas biológicas son las que contienen agentes infecciosos, como las bacterias y los virus. Son ejemplos el ántrax, la viruela, el ébola y la peste bubónica.
Lo peor de estas armas es que, con un poder asesino similar al de las armas nucleares, resultan mucho más fáciles y baratas de fabricar, almacenar y usar.
El gas sarín, por ejemplo, es un agente químico de altísima toxicidad, que actúa sobre el sistema nervioso de los seres humanos del modo en que lo hacen ciertos pesticidas. En contacto con el gas, la persona se convulsiona, se paraliza, pierde la conciencia y deja de respirar... su muerte queda casi asegurada en cuestión de minutos.
Otro caso es el del ántrax, que puede acabar con un ser humano con una dosis tan pequeña como el punto final de esta oración. También se ha producido con fines bélicos un virus mortífero llamado Marburg, que destruye rápidamente todos los tejidos humanos y es altamente contagioso.
Sí, es terrible. Pero los científicos han trabajado verdaderamente duro, y desarrollaron armas aún más creativas y útiles a los fines de la guerra. Por ejemplo, se ha producido armamento capaz de:
- Simular epidemias que afecten a toda una población.
- Manipular genéticamente a toda una población. Por ejemplo, para dejarla estéril.
- Disminuir el rendimiento de las tropas enemigas, pero sin matarlas y sin que se den cuenta. ¿Con qué objetivo? Para que el enemigo afectado siga ocupando su posición de mando, pero con menos eficiencia, algo mucho más conveniente que matarlo y verlo reemplazado al poco tiempo.
- Manipular a distancia el sueño, los estados anímicos (especialmente el miedo) y los ritmos cardíacos de todo un ejército enemigo. Este tipo de armas reciben el nombre de "biorreguladoras".
- Atacar selectivamente a individuos, tropas y ciudades. En algunos casos, hasta se podría usar agentes que sólo afecten a los individuos de cierta raza, dejando sano al resto.
- Atacar en forma inmediata, retardada o progresiva.
Otras criaturas de la ciencia armamentística
Fuera del campo de la destrucción masiva, no cuesta encontrar armas terribles. El Napalm, un combustible gelatinoso cuya combustión es muy duradera, se ha utilizado en repetidas guerras para incendiarlo todo, incluidas todas las personas que quedaran bajo su alcance.
También las bombas de fósforo blanco han causado un buen daño. Las partículas de esa sustancia, en contacto con la piel, arden hasta consumirse, causándole a la persona dolorosísimas quemaduras químicas que muchas veces llegan hasta los huesos, o alcanzan órganos como el corazón, el hígado y los riñones. Aún sumergiéndonos en agua, el fósforo nos seguirá quemando hasta consumirse.
En EE.UU., desde 2003, se están desarrollando las llamadas mini bombas atómicas, esto es, pequeñas bombas atómicas de alta precisión para usar en las guerras. Con un poder destructivo más limitado que las convencionales, estas bombas podrían usarse para destruir instalaciones subterráneas, cosa que se viene haciendo hasta la fecha con proyectiles de varias toneladas arrojados desde el aire (así actuaron las fuerzas de ocupación en Afganistán, en 2001).
Se podrían seguir nombrando adelantos (?) parecidos. Por ejemplo, también en Estados Unidos se han creado armas de microondas, que dirigidas hacia un ser humano pueden elevar la temperatura de su piel a más de 130 grados centígrados, lo cual produce en él una sensación de dolor insoportable.
Enigmas
El desarrollo de medios para matar no se detiene. Y así como avanza la computación, también las armas se hacen más sofisticadas y poderosas.
¿Podrá la humanidad, dotada de tan peligrosas armas, resolver sus problemas sin recurrir a ellas?
Esta es la pregunta que le hago hoy los lectores de este blog. La respuesta no es fácil, porque, en estas condiciones, un simple accidente o un malentendido puede desatar el apocalipsis.
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Fuentes
- Links distribuidos a lo largo del texto
- Apuntes de clases del prof. Gerardo López Alonso.
- Estado del mundo [PDF], de Carlos Escudé.






















1 comentarios:
Los hombres que pueblan la tierra, es decir la humanidad, podrán prescindir de estas armas en la medida que aprendan a escucharse y a dialogar el uno con el otro, especialmente con los que piensan distinto a él; ya que los verdaderos enemigos no son las armas sino los pensamientos negativos que en forma de prejuicios, creencias, fanatismos y dogmatismos, corroen el corazón del hombre hasta hacerlo desaparecer en un manto de odios, resentimientos y venganzas que no tiene fin.
La lucha contra este flagelo, más peligroso que las armas mismas, debe comenzar con la educación del hombre para que erradique esos pensamientos siniestros y los suplante por otros más virtuosos; lo cual no es una utopía ya que en la humanidad existieron y existen aun inteligencias preclaras partidarias del diálogo y de la no violencia.
La falta de una educación superior, más humana, más respetuosa de lo que piensa y siente el otro, sumada a la falta de modelos más creíbles y practicables de conducta a la cual se agrega al auge de los pensamientos negativos que constituyen las deficiencias del hombre, no cesará hasta que este tome conciencia de que debe hacer un proceso en sí mismo de profunda limpieza interior, cultivando sentimientos y pensamientos de otra índole; existiendo muchísimas corrientes de bien, como la Logosofía, que en mi caso me proporcionó las herramientas necesarias para poder llevar a cabo este gran proceso de ser un poco más consciente, afectuoso y tolerante con las distintas maneras de ser y pensar de nuestros hermanos, los hombres.
Saludos.
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