Meditar antes de excarvar
Los martes parecen haberse convertido en mi día oficial de paseo y gastos. Así es que este último martes fui a ver una par de películas (sí, un par) y en la hora y media que tenía entre funciones, me dediqué a recorrer un par de locales en los que suelo vivir (¿exagerando un poco?). Entro a un local de mi disquería amiga y apenas pongo un pie en el lugar, empieza a sonar el nuevo disco de Nick Cave. En realidad, empezó a sonar una canción que me resultaba demasiado conocida (a pesar de haberla escuchado sólo un par de veces) y cuando me di cuenta de qué se trataba, comencé una loca carrera hacia las bateas y buscaba las novedades, asomándome por todos lados, estirando el cuello y haciendo gestos desesperados. Si alguien me veía, podría pensar que se me había perdido un primito que llevaba de la mano o algo así. Pero no, buscaba un disquito. Lo encontré y me lancé literalmente sobre él (había uno solito) y lo abracé y le hice mimos y le hice promesas de cuidado eterno.
Pero claro, no tengo en qué escuchar los discos. Maldita mudanza limitada, pensé. Así que me dirigí a la sección de electrónica y artifundios, donde me puse a comparar precios de los cuatro modelos locos que tienen de discman. Ninguno me conformaba mucho y además tendría que comprar un adaptador para poder usarlo enchufado y a eso agregale las pilas recargables y.. uff, mejor lo dejo. Y también dejé el cd, no sin cierto desgano y decepción. Maldita conciencia de gastos, pensé.
No importa. Ya vendrán tiempos mejores (los voy a buscar, no se escondan) y volveré, con paso triunfal y gallardo, y me haré de mi copia de Dig, Lazarus, Dig!!! y hasta de una agenda, mirá lo que te digo. Hasta entonces, sigo firme ante el aburrimiento y la falta de música (más que nada porque no me queda otra).
Maldita resignación, pienso. Y me voy.

