Rebelde Way
Por primera vez en décadas, un estado norteamericano plantea seriamente la posibilidad de apartarse de Washington. No es ficción, ni siquiera una película de Michael Moore, sino la realidad política menos conocida de los Estados Unidos
por Andrés Bacigalupo
¿Una estrella menos en la bandera de Estados Unidos? La pregunta, en principio insólita o trasnochada, no tiene una respuesta concreta en el corto plazo. Pero comienza a formularse con seriedad en el estado de Vermont, dónde un creciente movimiento social propone abandonar “América” y convertirse en una república soberana.
Aunque tiene sólo 600 mil habitantes y es un rincón frío y montañoso más próximo a Canadá que a Washington, Vermont siempre se ha destacado por ser un raro oasis progresista de la cultura política norteamericana. Tan diminuto como próspero y tan próspero como liberal. Ese bien podría ser el slogan de Vermont, una tierra de pioneros que siempre pisaron con el pie izquierdo. Y que ahora, suben la apuesta.
La aldea
Por cantidad de habitantes Vermont ocupa hoy el penúltimo puesto entre todos los estados americanos. Siguiendo esa lógica, su historia debería ser tan importante en relación a la de Estados Unidos como lo es –digamos- la de Formosa a la nuestra. Sin embargo, la singularidad vermontiana le debe menos a la cuestión demográfica que a la costumbre política de llegar siempre temprano a la cita con los cambios históricos.
Diez años antes de que se redactara la Constitución de EE.UU (1776), Vermont ya tenía la suya propia. Y en ella, antes que en ninguna otra carta magna del Nuevo Mundo, se prohibía la esclavitud. Por esa época y hasta 1791, Vermont fue una república independiente que se enorgullecía de su funcionamiento democrático (el sufragio universal ya era una realidad). Por ello y por sus colinas usualmente nevadas mereció el mote de “la Suiza de Norteamérica”, como les gusta decir ahora a los entusiastas del movimiento Second Vermont Republic, partidarios de la secesión.
El ingreso de Vermont a Estados Unidos en 1791 aplacó los ánimos autonomistas. No obstante, parece que un raro patriotismo de aldea nunca dejó de fluir de manera más o menos subterránea. A veces, ese sentimiento cuentrapropista irrumpió incluso en situaciones complicadas, como durante las inundaciones de 1927. Fue el peor desastre natural en la historia del estado. Y sin embargo, cuando el entonces presidente Calvin Coolidge ofreció ayuda federal para paliar las consecuencias del temporal, el gobernador local le respondió: “Vermont se hará cargo por sí mismo”. Un detalle : Coolidge también era oriundo de Vermont.
Más de medio siglo después otro presidente americano supo de los caprichos del hijo díscolo. En 1985, Washington le recomendó al gobierno local que elevara la edad permitida para consumir alcohol desde los 18 a los 21 años. Como en principio Vermont se negó, fue el propio Ronald Reagan quién tomó las riendas del caso y directamente amenazó con cortar los fondos destinados a mantener las carreteras interestatales. En Vermont reaccionaron subiendo la apuesta : llevaron a la Corte Suprema un pedido para hacerse del control total de las rutas que atravesaban la jurisdicción. El máximo tribunal falló en su contra. Pero más allá del adverso resultado, quedó claro que no se trataba sólo de educación vial ni alcoholismo. En el fondo, estaba en juego la autonomía para legislar sobre los asuntos propios. Federalismo, que le dicen.
Primero, siempre
El nuevo siglo encontró a Vermont validando su título de pionero. En 2001, fue el primer estado en aprobar las uniones homosexuales. Dio así el puntapié para instalar la controversia nacional sobre la cuestión gay, un tema que dibuja la frontera moral entre el liberalismo de las costas (Este y Oeste) y el conservadurismo del sur cristiano.
Sólo cuatro años después, Vermont se convirtió además en el primer estado en enviar un legislador socialista al Senado, un hecho casi revolucionario para el cerrado sistema bipartidista norteamericano, monopolizado por la derecha.. y la extrema derecha.
En ese contexto, no sorprende que bajo la era Bush, las disidencias con el poder central se hayan acentuado. En la hora decisiva de invadir Irak, Vermont fue uno de los pocos estados cuya opinión pública se opuso al conflicto, a contramano del fervor belicista reinante. Y en 2005, dio la nota otra vez cuando sus representantes pidieron formalmente el juicio político para Bush y su vicepresidente. La iniciativa, inédita, sacudió entonces las adormecidas bancas de un parlamento adicto al ejecutivo. ¿Su fundamento? Que tanto Geroge W como Cheney habían ejercido el poder “de una manera que plantea serias preguntas sobre su constitucionalidad, legalidad y sobre el abuso de la confianza del público".
Pero el “público” no es tan homogéneo. Porque políticamente hablando, un republicano de Utah y un demócrata de New York se ubican en asientos bien lejanos. Y Vermont, que ahora desea salirse del auditorio por completo, es la prueba más cabal de esos contrastes.
Qué te parece el 13
Los separatistas se sienten integrantes de un equipo al que desprecian. Rob Williams, editor del periódico Vermont Commons (un medio pro independentista), lo expresa así : “Estados Unidos se ha vuelto un imperio esencialmente ingobernable, demasiado grande y demasiado corrupto (..) nuestra cultura es el militarismo y la guerra (..) Si le interesa la democracia, el auto-gobierno o cualquier tipo de sistema representativo, la única solución es disgregar pacíficamente el Imperio. Sólo así podemos salvar lo que aún queda de nuestra República”.
Tanto Williams como otros académicos locales impulsan la idea de una consulta popular. Quieren que el año que viene un referéndum les pregunte a sus coterráneos: ¿Desea usted que el estado de Vermont se separe pacífica y democráticamente de los Estados Unidos para retornar a su estatus natural de república independiente como lo fue entre 1777 y 1791? Está por verse qué contestará la mayoría. Por lo pronto, los entusiastas recalcan que la tasa de apoyo a la independencia pasó del 8% al 13% en sólo un año y que es especialmente fuerte en los pueblos pequeños del interior del estado.
Es cierto que 13% sigue siendo un número modesto, todavía incapaz de desbalancear el tablero de las opiniones generales. Sin embargo, también es cierto que últimamente se han visto escenas impensadas en Montpelier, la capital del estado. En junio, un artículo del diario Boston Globe daba cuenta de una manifestación de los secesionistas durante la cuál se vendían remeras negras con la leyenda “US Out of Vt.!" (¡Fuera EE.UU de Vermont!). Esas palabras, que en América Latina asociamos a consignas anti imperialistas propias de la izquierda, ahora están siendo pronunciadas a pocas horas de New York.
El proyecto del Vermont libre ha asombrado a propios y extraños. Ni un intelectual como Samuel Huntington, tan proclive a la predicción histórica, pudo si quiera imaginarlo. Bien al contrario, en su libro Quiénes Somos Huntigton advertía que lo que amenazaba la integridad territorial de Estados Unidos era la creciente población hispana. Los argumentos (trazados con una pincelada racista) hacían hincapié en la entrada masiva de inmigrantes latinos, en su concentración en unos pocos estados y en que “mantienen” su lengua materna. Y sin embargo, el primer grito separatista del siglo viene del estado con menor tasa de inmigrantes de todo el país (en Vermont el 96% son descendientes de europeos), una ironía incómoda que desarma de un plumazo la futurología anti hispana de Huntington.
Lisa y la decadencia
¿Será Vermont una nación con bandera, un lugar más en el juego del T.E.G o una colorida anécdota historiográfica? Esa pregunta sólo la responderán los años. Mientras tanto, flota el interrogante de por qué un puñado de americanos quieren “darse de baja” de la nación más poderosa del planeta. En Vermont, ¿son antinorteamericanos o anti imperialistas? ¿Se quieren ir porque siempre quisieron hacerlo o descubrieron tardíamente un desencanto con la federación a la que se unieron por voluntad propia? Ni una ni la otra, o las dos juntas. Parece como si Vermont fuera a EE.UU lo que Lisa es a la familia Simpson : una suerte de voz políticamente incorrecta que alerta a todos sobre el irremediable avance de la decadencia imperial y de sus excesos. Igual que en el dibujo animado, es pequeño y observa críticamente el american way of life. Igual que en el dibujo animado, pocas veces es tomado en serio. Por ahora, esa voz –al mismo tiempo chillona y progresista- oscila entre la denuncia y la renuncia y toca bien alto las notas más discordantes que haya oído America desde su interior. Queda por saberse si este hijo rebelde alcanzará la mayoría de edad e insistirá en decidir sobre su propia suerte o si, como la pequeña Lisa, terminará resignándose a convivir en el seno de una familia disfuncional, cuyo comportamiento las más de las veces reprueba.
Aunque tiene sólo 600 mil habitantes y es un rincón frío y montañoso más próximo a Canadá que a Washington, Vermont siempre se ha destacado por ser un raro oasis progresista de la cultura política norteamericana. Tan diminuto como próspero y tan próspero como liberal. Ese bien podría ser el slogan de Vermont, una tierra de pioneros que siempre pisaron con el pie izquierdo. Y que ahora, suben la apuesta.
La aldea
Por cantidad de habitantes Vermont ocupa hoy el penúltimo puesto entre todos los estados americanos. Siguiendo esa lógica, su historia debería ser tan importante en relación a la de Estados Unidos como lo es –digamos- la de Formosa a la nuestra. Sin embargo, la singularidad vermontiana le debe menos a la cuestión demográfica que a la costumbre política de llegar siempre temprano a la cita con los cambios históricos.
Diez años antes de que se redactara la Constitución de EE.UU (1776), Vermont ya tenía la suya propia. Y en ella, antes que en ninguna otra carta magna del Nuevo Mundo, se prohibía la esclavitud. Por esa época y hasta 1791, Vermont fue una república independiente que se enorgullecía de su funcionamiento democrático (el sufragio universal ya era una realidad). Por ello y por sus colinas usualmente nevadas mereció el mote de “la Suiza de Norteamérica”, como les gusta decir ahora a los entusiastas del movimiento Second Vermont Republic, partidarios de la secesión.
El ingreso de Vermont a Estados Unidos en 1791 aplacó los ánimos autonomistas. No obstante, parece que un raro patriotismo de aldea nunca dejó de fluir de manera más o menos subterránea. A veces, ese sentimiento cuentrapropista irrumpió incluso en situaciones complicadas, como durante las inundaciones de 1927. Fue el peor desastre natural en la historia del estado. Y sin embargo, cuando el entonces presidente Calvin Coolidge ofreció ayuda federal para paliar las consecuencias del temporal, el gobernador local le respondió: “Vermont se hará cargo por sí mismo”. Un detalle : Coolidge también era oriundo de Vermont.
Más de medio siglo después otro presidente americano supo de los caprichos del hijo díscolo. En 1985, Washington le recomendó al gobierno local que elevara la edad permitida para consumir alcohol desde los 18 a los 21 años. Como en principio Vermont se negó, fue el propio Ronald Reagan quién tomó las riendas del caso y directamente amenazó con cortar los fondos destinados a mantener las carreteras interestatales. En Vermont reaccionaron subiendo la apuesta : llevaron a la Corte Suprema un pedido para hacerse del control total de las rutas que atravesaban la jurisdicción. El máximo tribunal falló en su contra. Pero más allá del adverso resultado, quedó claro que no se trataba sólo de educación vial ni alcoholismo. En el fondo, estaba en juego la autonomía para legislar sobre los asuntos propios. Federalismo, que le dicen.
Primero, siempre
El nuevo siglo encontró a Vermont validando su título de pionero. En 2001, fue el primer estado en aprobar las uniones homosexuales. Dio así el puntapié para instalar la controversia nacional sobre la cuestión gay, un tema que dibuja la frontera moral entre el liberalismo de las costas (Este y Oeste) y el conservadurismo del sur cristiano.
Sólo cuatro años después, Vermont se convirtió además en el primer estado en enviar un legislador socialista al Senado, un hecho casi revolucionario para el cerrado sistema bipartidista norteamericano, monopolizado por la derecha.. y la extrema derecha.
En ese contexto, no sorprende que bajo la era Bush, las disidencias con el poder central se hayan acentuado. En la hora decisiva de invadir Irak, Vermont fue uno de los pocos estados cuya opinión pública se opuso al conflicto, a contramano del fervor belicista reinante. Y en 2005, dio la nota otra vez cuando sus representantes pidieron formalmente el juicio político para Bush y su vicepresidente. La iniciativa, inédita, sacudió entonces las adormecidas bancas de un parlamento adicto al ejecutivo. ¿Su fundamento? Que tanto Geroge W como Cheney habían ejercido el poder “de una manera que plantea serias preguntas sobre su constitucionalidad, legalidad y sobre el abuso de la confianza del público".
Pero el “público” no es tan homogéneo. Porque políticamente hablando, un republicano de Utah y un demócrata de New York se ubican en asientos bien lejanos. Y Vermont, que ahora desea salirse del auditorio por completo, es la prueba más cabal de esos contrastes.
Qué te parece el 13
Los separatistas se sienten integrantes de un equipo al que desprecian. Rob Williams, editor del periódico Vermont Commons (un medio pro independentista), lo expresa así : “Estados Unidos se ha vuelto un imperio esencialmente ingobernable, demasiado grande y demasiado corrupto (..) nuestra cultura es el militarismo y la guerra (..) Si le interesa la democracia, el auto-gobierno o cualquier tipo de sistema representativo, la única solución es disgregar pacíficamente el Imperio. Sólo así podemos salvar lo que aún queda de nuestra República”.
Tanto Williams como otros académicos locales impulsan la idea de una consulta popular. Quieren que el año que viene un referéndum les pregunte a sus coterráneos: ¿Desea usted que el estado de Vermont se separe pacífica y democráticamente de los Estados Unidos para retornar a su estatus natural de república independiente como lo fue entre 1777 y 1791? Está por verse qué contestará la mayoría. Por lo pronto, los entusiastas recalcan que la tasa de apoyo a la independencia pasó del 8% al 13% en sólo un año y que es especialmente fuerte en los pueblos pequeños del interior del estado.
Es cierto que 13% sigue siendo un número modesto, todavía incapaz de desbalancear el tablero de las opiniones generales. Sin embargo, también es cierto que últimamente se han visto escenas impensadas en Montpelier, la capital del estado. En junio, un artículo del diario Boston Globe daba cuenta de una manifestación de los secesionistas durante la cuál se vendían remeras negras con la leyenda “US Out of Vt.!" (¡Fuera EE.UU de Vermont!). Esas palabras, que en América Latina asociamos a consignas anti imperialistas propias de la izquierda, ahora están siendo pronunciadas a pocas horas de New York.
El proyecto del Vermont libre ha asombrado a propios y extraños. Ni un intelectual como Samuel Huntington, tan proclive a la predicción histórica, pudo si quiera imaginarlo. Bien al contrario, en su libro Quiénes Somos Huntigton advertía que lo que amenazaba la integridad territorial de Estados Unidos era la creciente población hispana. Los argumentos (trazados con una pincelada racista) hacían hincapié en la entrada masiva de inmigrantes latinos, en su concentración en unos pocos estados y en que “mantienen” su lengua materna. Y sin embargo, el primer grito separatista del siglo viene del estado con menor tasa de inmigrantes de todo el país (en Vermont el 96% son descendientes de europeos), una ironía incómoda que desarma de un plumazo la futurología anti hispana de Huntington.
Lisa y la decadencia
¿Será Vermont una nación con bandera, un lugar más en el juego del T.E.G o una colorida anécdota historiográfica? Esa pregunta sólo la responderán los años. Mientras tanto, flota el interrogante de por qué un puñado de americanos quieren “darse de baja” de la nación más poderosa del planeta. En Vermont, ¿son antinorteamericanos o anti imperialistas? ¿Se quieren ir porque siempre quisieron hacerlo o descubrieron tardíamente un desencanto con la federación a la que se unieron por voluntad propia? Ni una ni la otra, o las dos juntas. Parece como si Vermont fuera a EE.UU lo que Lisa es a la familia Simpson : una suerte de voz políticamente incorrecta que alerta a todos sobre el irremediable avance de la decadencia imperial y de sus excesos. Igual que en el dibujo animado, es pequeño y observa críticamente el american way of life. Igual que en el dibujo animado, pocas veces es tomado en serio. Por ahora, esa voz –al mismo tiempo chillona y progresista- oscila entre la denuncia y la renuncia y toca bien alto las notas más discordantes que haya oído America desde su interior. Queda por saberse si este hijo rebelde alcanzará la mayoría de edad e insistirá en decidir sobre su propia suerte o si, como la pequeña Lisa, terminará resignándose a convivir en el seno de una familia disfuncional, cuyo comportamiento las más de las veces reprueba.
* Este artículo apareció en el número 47 de la revista La Mujer de Mi Vida, de octubre de 2007. Lo reproduzco aquí en el blog como una manera más de mostrar mis trabajos en prensa gráfica. Como siempre, saludos y espero que guste.




2 dijeron..:
Excelente!!! Un abrazo de un cordobés que de ves en cuando te lee.
Muy interesante artículo, Andrés. Saludos.
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