Los rusos
¡Cómo duele el poder comprender todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillarnos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posicición más desesperante respecto de ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, sumergirnos, en silencio pero rechinando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un galimatías! No sabemos "qué" ni "quién", pero, a pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.
De Memorias del subsuelo, de Fedor Dostoievski.
¡Oh, los rusos! ¿Por qué se me da por pensar en ellos, ahora? Tal vez, porque es una mañana particularmente fría y gris, tal vez, porque hace poquito volví a leer Memorias del subsuelo, tal vez, porque sí, por pura arbitrariedad, porque tenía ganas de hablar de algo y, en ese caso, las especulaciones son vanas.
Evitaré generalizar, cuando digo “los rusos”, me refiero a Gogol, Tolstoi y Dostoievski. Sobre todo, a Dostoievski.
Sus libros le pusieron un sello indeleble a mi forma de concebir la literatura y, probablemente, muchas otras cosas. Dostoievski es el escritor más hardcore del siglo XIX y por esta razón es una de las referencias literarias ineludibles de los escritores del siglo siguiente. Abrió caminos hacia atrás y hacia delante y, a poco adentrarse en sus novelas, no resulta difícil encontrar los que llevan a los existencialistas, a la filosofía de Nietzsche o Kierkegaard, a los naturalistas franceses, a las novelas de Arlt o de Sabato, etc.
El joven rebelde y brutal, el outsider sin nada que perder, en buena medida, lo inventó él. Raskolnikov era un punk en San Petersburgo.
Las atmósferas espesas, sórdidas, de sus novelones, sus personajes, orgullosos y ciclotímicos, que pasaban del llanto a los ataques de furia en un parpadeo, sus historias de trasfondos inevitablemente filosóficos, estos elementos, me fascinaban. Sin mencionar, el más obvio de ellos: el hecho de que es un narrador de la hostia.
"¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?" pareciera preguntarles siempre a sus protagonistas. Por venganza, por locura, por lujuria, por deber, por orgullo, por fe, por remordimiento, por amor. ¿Hasta dónde?





1 Contrataques:
Una de las razones por las que Breton y sus secuaces desterraron a Artaud del movimiento surrealista fue porque junto a Leiris, Masson otros se reunía en la rue Blomet a admirar justamente a Dostoievsky, Strindberg, Nietzsche..., quienes porsupuesto no eran admitidos por los asiduos a la rue Fontaine...
Junto a Soupault fue acusado de "solazarse con la materia del espíritu" en un documento llamado "Pleno día" a lo que Artaud "En plena noche" respondió que "la libertad individual era un bien superior a cualquier conquista obtenida en un plano relativo".
Es decir..., más allá de las simpatías, ubicándonos, estos hombres existieron, realmente.
No queda un tanto deslucida nuestra época, signada por el "pensiero debole" del signor Vattimo, comparada a la entereza sin reservas de esta gente, su entrega a ideales, o mejor dicho a principios hiperlúcidos y concretos?
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