
El día 11 de junio, en la continuidad del ciclo de nuestro videoclub en Cinéfilo La Rueda Bar, habrá de proyectarse una película francesa sumamente interesante; se trata de una producción del año 2004 que cuenta con excelentes actuaciones protagónicas de Jean-Pierre Darrousin y Carole Bouquet y cuyo título es “Luces rojas”, del realizador Cedric Kanh.
La cita para disfrutar de esta atractiva propuesta cinematográfica es el próximo miércoles, desde las 21 horas, en Cinéfilo Bar (Bv. San Juan 1020).
LUCES ROJAS
(Feux rouges - Francia 2004 – Color - 105 minutos)
Dirección:
Cedric Kahn
Guión:
Cedric Kahn y Laurence Ferreira-Barbosa, con la colaboración de Gilles Marchand, basado en la novela de Georges Simenon
Fotografía:
Patrick Blossier
Música:
Claude Debussy
Montaje:
Yann Dedet
Protagonistas:
Jean-Pierre Daroussin, Carole Bouquet, Vincent Deniard, Carline Paul, Jean-Pierre Gos.
Sinopsis:
Es tórrido verano en París. Los preparativos de la elegante abogada Hélène y su marido, un agente de seguros amargado y alcohólico, para viajar al sur de Francia a buscar a sus dos hijos son suficientes para constatar un matrimonio en crisis. El viaje, con los exasperantes embotellamientos de tráfico y la conducta insensata de él en el volante, desata el hondo malestar interior de ambos en una espiral de violencia reprimida. La situación empeora cuando toman un desvío hacia una ruta lateral y ella desaparece al detenerse él nuevamente en un bar para beber. La noche desemboca en una siniestra pesadilla.
Basada en una novela del belga Georges Simenon, “Luces rojas” ha sido dirigida por Cedric Kahn, uno de los más talentosos directores jóvenes de Francia, quien con mano maestra logra aquí una ansiedad creciente y una sombría tensión, mientras la música impresionista de Debussy enriquece la densidad de este thriller psicológico en clave de cine negro que resultará difícil de olvidar.
Comentario:
En el comienzo todo parece conducir al retrato de un matrimonio en crisis. Pero de a poco, mientras el conflicto interior va desnudando sus facetas más ocultas, la historia va tensándose gradual e inexorablemente hasta desembocar en una siniestra pesadilla que mezcla la realidad y la alucinación.
Casi desde el mismo principio se cierne sobre los personajes la sombra ominosa de una catástrofe, imprecisa porque el presagio es ambiguo, el rumbo desconocido y el horizonte nebuloso. Pero la tensión se percibe en esa pareja madura que en el comienzo de la temporada de vacaciones está por emprender la ruta hacia el sudoeste francés en busca de los hijos. La ruta será el escenario del desgarramiento matrimonial, y el congestionado tránsito -en torno de cuyos peligros advierten los insistentes avisos radiales- abrirá el paso a una metáfora de algo más grave que el accidente que puede maliciarse.
En el inseguro y frustrado Antoine Dunan (un sudoroso, irritado y nervioso Jean-Pierre Daroussin), que expresa a toda voz su voluntad de "ser libre", se perciben desde el principio los rasgos de un hondo malestar interior. Bebedor furtivo, compulsivo y culposo, su hostilidad traduce algo del resentimiento que guarda frente al éxito de su mujer, una abogada absorbida por las obligaciones profesionales; su manifiesto deseo de "vivir como un hombre" expone la crisis de su masculinidad. La fría calma de Hélène, la tácita superioridad que impone y el discreto aire de reprobación con que parece juzgarlo se le hacen al hombre aún más irritantes en la medida en que descubren la impotencia de su rabia.
Aun así, entre las violentas disputas que se generan en el auto a causa de los exasperantes embotellamientos y la conducta insensata de Antoine, puede percibirse que subsiste entre ellos algún lazo de cariño.
Entre el thriller y la road-movie, "Luces rojas" nunca detiene su marcha. Del popular autor belga toma el austero rigor, la sencillez, la precisión expositiva y la calma objetividad. Esa suerte de flemático distanciamiento fortalece la tensión y aviva el compromiso de quien sigue el relato. Cedric Kahn desmenuza la vorágine autodestructiva en que se embarca el protagonista e involucra al espectador en la ardua peripecia del viaje: o mejor, lo pone en el lugar del personaje, colocándolo al volante del automóvil que se abre paso imprudentemente en la maraña de tránsito o se aparta por un camino secundario en medio de una oscuridad que se vuelve claustrofóbica e irreal.
Con mano maestra, Cedric Kahn administra el constante crescendo, atendiendo el nervio del thriller y al suspenso emocional y trabajando la ambigüedad de manera que una atmósfera de alucinación envuelva las dramáticas situaciones que vive Antoine durante la interminable noche en que se produce la repentina deserción de su mujer. Apuntes breves, notas accesorias, el cruce accidental con oscuros personajes en los bares de la ruta donde el ahora solitario protagonista se detiene en busca de alcohol, sumados al propio ambiente del camino, colmado de patrullas policiales que andan en busca de un peligroso fugitivo, van alimentando una tensión que se vuelve siempre más vibrante. El vigor dramático de Kahn se hace particularmente notorio cuando el personaje vuelve de su pesadilla nocturna y el suspenso alcanza su máximo nivel en una escena jugada con un mínimo de elementos: bajo la mirada de la camarera de un bar de provincias, y agitado por el pánico y la culpa, Antoine hace una seguidilla de llamadas telefónicas (a hospitales, comisarías, hoteles, estaciones de tren), con el fin de establecer el paradero de su mujer. Es quizá también el momento que autoriza a definir la formidable creación de Jean-Pierre Daroussin como el trabajo más logrado de su carrera.
En suma, “Luces rojas” es un sólido y convincente thriller montado sobre los fantasmas de la cotidianidad. A partir del momento en que Helene decide abandonar a su marido (en uno de los bares donde éste ha bajado a beber) debido a la creciente agresividad de él hacia ella, comienza para Antoine otra clase de viaje, esta vez hacia la tragedia, que ha sido anunciada sin cesar: las luces de la autopista atestada, las bruscas maniobras producto de su borrachera y el aviso de que un peligroso convicto anda suelto crean un clima de tensión y expectativa. Esa noche aciaga y oscura servirá para que Antoine descienda hasta desconocidas capas de su humanidad y también de su propia violencia. Cuando amanece, con la luz del sol cambian la atmósfera y el tipo de drama que le toca vivir al protagonista, quien tratará desesperadamente de rearmar el tablero que pateó la noche previa. En el final, una inesperada vuelta de tuerca completa este siniestro pasaje iniciático a otros niveles de identidad.
En la escuela de Hitchcock y Chabrol, todo el film se desarrolla bajo distintos climas de presión, en tanto que cada uno de los detalles –la tensa espera inicial, la ruta atascada, la discusión por nimiedades y los reproches mutuos, el extravío hacia la mayor negritud nocturna, el desafío al peligro, las luces rojas de autos, bares y semáforos- apunta a otra realidad, detrás de la evidente.
Film sombrío, denso, cuyo peso descansa casi exclusivamente sobre la maravillosa actuación de Darroussin, quien aquí revela su talento para el drama psicológico. Permanentemente en pantalla, podría decirse que es ésta la película de un hombre solo, la tragedia de un hombre pequeño, gracias a la performance de Darroussin. Hay que decir, de todos modos, que su coprotagonista, Carole Bouquet, repite, con su acostumbrada autoridad, un personaje a la medida de su elegancia y su misterio.
La etérea e inasible "Nuages" (Nubes), pieza musical de Debussy, ocupa buena parte de la banda sonora y parece esconder fatídicos acentos en sus veladas armonías.