Hace como quince días que dos frazadas mías están en el laverrap. Y eso que cuando las llevé, pedí que me las lavaran lo antes posible.
Ahora estoy a veinte metros del laverrap. Tomo café, como torta, escribo. No tengo problemas en hablar con la camarera. Le pido otro café. Le pido un vaso grande de agua. No tengo ningún problema.
Desde la vidriera del café, veo el laverrap. Todavía está abierto. Tengo los treinta y dos pesos separados, junto con el papelito para retirar las frazadas. Pero no voy. Pienso todos los días en las frazadas. Aunque me diga a veces que es por hache, a veces que es por be, no sé por qué no voy.
Sí que sé: no voy porque no puedo.
Para complacer al psiquiatra, una vez fui al grupo de fóbicos sociales que coordina una psicóloga . Cuando me tocó contar a mí, conté lo de Edenor. De cuando me compré el horno de cerámica de alta temperatura, que es trifásico. Para poder usarlo, tenía que pedir una bajada trifásica en Edenor.
Era fácil: entrar a la oficina, preguntar en qué ventanilla o escritorio hacer el trámite, decir "necesito una bajada trifásica", seguir las instrucciones del empleado.
Pero no me salía. Iba una y otra vez a Edenor. Me sentaba apenas con una pequeña porción del culo en un macetero que hay en la puerta. Fumaba uno o dos cigarrillos. Y volvía a mi casa.
Así hasta que entré. Qué revuelo se armó en la oficina de Edenor de Ramos Mejía. Había entrado un personaje haciendo chistes. Todos los empleados me miraban. Para mí, mejor. Bromeé hasta con los guardias de seguridad. Pedí la trifásica. No sé cuántas pavadas habré agregado a la frase que usé para pedirla.
Hacía falta una inspección de la instalación eléctrica en casa. Un inspector, que también participaba de la conversación -nadie allí estaba ajeno-, me dijo que llegaba en buen momento, porque estaban los inspectores de vacaciones, que él era el único inspector en funciones, y que no me revisaría demasiado. Aunque yo tenía todo bien, la jabalina, todo, era un alivio que no revisara demasiado. El inspector me llevó en su auto a mi casa, me miró la instalación así nomás, y dejó asentado el okey. A los dos días tenía la bajada trifásica.
"¡Muy bien!", dijo la psicóloga.
Está empezando a cerrar el laverrap. ¿Qué pasaría si fuera ahora?
Un día más que me demore en ir a liberar a esas dos frazadas, no pasa nada. Por suerte, tengo más frazadas en casa.
Ahora estoy a veinte metros del laverrap. Tomo café, como torta, escribo. No tengo problemas en hablar con la camarera. Le pido otro café. Le pido un vaso grande de agua. No tengo ningún problema.
Desde la vidriera del café, veo el laverrap. Todavía está abierto. Tengo los treinta y dos pesos separados, junto con el papelito para retirar las frazadas. Pero no voy. Pienso todos los días en las frazadas. Aunque me diga a veces que es por hache, a veces que es por be, no sé por qué no voy.
Sí que sé: no voy porque no puedo.
Para complacer al psiquiatra, una vez fui al grupo de fóbicos sociales que coordina una psicóloga . Cuando me tocó contar a mí, conté lo de Edenor. De cuando me compré el horno de cerámica de alta temperatura, que es trifásico. Para poder usarlo, tenía que pedir una bajada trifásica en Edenor.
Era fácil: entrar a la oficina, preguntar en qué ventanilla o escritorio hacer el trámite, decir "necesito una bajada trifásica", seguir las instrucciones del empleado.
Pero no me salía. Iba una y otra vez a Edenor. Me sentaba apenas con una pequeña porción del culo en un macetero que hay en la puerta. Fumaba uno o dos cigarrillos. Y volvía a mi casa.
Así hasta que entré. Qué revuelo se armó en la oficina de Edenor de Ramos Mejía. Había entrado un personaje haciendo chistes. Todos los empleados me miraban. Para mí, mejor. Bromeé hasta con los guardias de seguridad. Pedí la trifásica. No sé cuántas pavadas habré agregado a la frase que usé para pedirla.
Hacía falta una inspección de la instalación eléctrica en casa. Un inspector, que también participaba de la conversación -nadie allí estaba ajeno-, me dijo que llegaba en buen momento, porque estaban los inspectores de vacaciones, que él era el único inspector en funciones, y que no me revisaría demasiado. Aunque yo tenía todo bien, la jabalina, todo, era un alivio que no revisara demasiado. El inspector me llevó en su auto a mi casa, me miró la instalación así nomás, y dejó asentado el okey. A los dos días tenía la bajada trifásica.
"¡Muy bien!", dijo la psicóloga.
Está empezando a cerrar el laverrap. ¿Qué pasaría si fuera ahora?
Un día más que me demore en ir a liberar a esas dos frazadas, no pasa nada. Por suerte, tengo más frazadas en casa.







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