Poesía del pasado

Cuanto más se estudia la historia, mayor es el eco sentimental que despiertan los restos de las civilizaciones pasadas. Una ruina informe, una piedra labrada, un herraje oriniento, un papel amarillo, mudos para el que ignora los sucesos y las costumbres de su época respectiva, tienen para el hombre ilustrado un poder sugerente que excede en muchos a su valor intrínseco. Fascinación llena de peligros, ciertamente, como aquel cantar de las sirenas que turba el viaje de Ulises, en la Odisea.
Sólo una clara inteligencia del progreso puede impedir que tales sentimientos se conviertan en firme obstáculo a la comprensión de la historia misma. Sin ese correctivo, creencias agonizantes suelen parecer preferibles a las nacientes, los otoños a las primaveras, los crepúsculos a las auroras. Y por una ilusión peligrosa, no rara en personas de cultura exquisita, la regresión a las supersticiones, escombros del pasado, llega a ser confundida con la construcción de ideales, arquitecturas del porvenir.
Esto es lo que podemos llamar, con frase sintética, la engañadora poesía del pasado.
José Ingenieros, el 8 de mayo de 1918 en la página 14 de su libro "Los Tiempos Nuevos".










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