Un actor del método /2

por Celia Dosio
celiadosio@gmail.com
Segunda parte de la entrevista con Álvaro Guevara (Leer la primera parte)
por: Celia Dosio y Juan Terranova.

Alvaro Guevara en La lengua de las mariposas. Foto de prensa
¿En La Coruña se va al teatro?
Sí, aunque no como acá. Esta es la primera ciudad del mundo. Ni París, ni Londres. Buenos Aires. No es rentable, pero Buenos Aires es la ciudad del teatro. Acá los que viven de la profesión serán cien pero hay otros cuatro mil que se reúnen y hacen teatro. Tengo el bar, tengo el taxi, tengo una mercería y hago teatro a la noche. Eso en España no existe. Quieren ganar dinero desde el primer día. Esa es la gran diferencia. Allá encontrás proyectos económicos de gran envergadura que no están acompañados de un proyecto estético. El teatro que nosotros hacemos tiene que ver con el de acá. Mínimo. Dos sillas, un atril y nada más. Todo tiene que estar en la actuación.
¿Tu hija también se dedica a la actuación?
Mi hija nos pide que hablemos de otra cosa. (Risas) Ahora tiene veintitrés años. Está estudiando diseño de indumentaria y nos hace los vestuarios.
¿Cómo es el tema con el gallego en La Coruña?
Toda Galicia es bilingüe absoluta, pero en Coruña se habla muy poco gallego.
¿Los espectáculos los pueden hacer en castellano?
No está bien visto. Hay veces que la gente agradece que se haga en castellano. Esto en La Coruña y en el barrio en donde nosotros estamos. Pero los que te contratan, que son los del Ayuntamiento, casi que te exigen que sea en gallego. Hay otros Ayuntamientos donde te piden que sea en castellano porque vienen turistas.
Vos ahora estás empezando a escribir. ¿Por qué llegás tan tarde a la escritura?
Creo que le tenía mucho respeto. Estuve trabajando sobre la proporción áurea. En el teatro y en el cine. Tomé una cosa que Stanislavsky no la escribe pero la deja dicha y que tiene que ver con la estructura dramática. La estructura dramática de la obra y de la escena. Me habían quedado ganas de investigar más sobre ese tema en particular. Hay algunos materiales en Rusia que no fueron traducidos. Entonces, me puse a trabajar. Si es cierto que esta estructura dramática existe y se organiza así, a partir de la estructura dramática sale todo. Sale solo. Así pude dejar de tenerle respeto. Digo, si yo me pongo a escribir una novela, me voy a la mierda. No tengo ni idea. Pero trabajando sobre la estructura hay un orden: esto no puede estar acá, le corresponde otro lugar. La estructura me dice que está en otro lugar. ¿Para qué está una escena ahí? Yo siempre les digo a los chicos, si no sabemos para qué está, la sacamos. Si sobra, vamos mal, estamos trabajando en una obra que no sirve.
De tu formación porteña, ¿qué pudiste desarrollar en la Unión Soviética?
A mí lo de Alejandra me sirvió. Porque yo no sabía qué hacer de mi vida, y me metí en el teatro por ella. Ahora, no me imagino un actor como lo enseñaba Alejandra… Lo de Rubens a mí me sirvió como antecedente. Cuando llegué allá, tenía una idea. Acá era una idea confusa –en España se dice “confusa, profusa y difusa”– y ellos allá lo tenían absolutamente clara. Acá se tenían discusiones eternas sobre no sé qué cosa. Allá no. Era una escuela que tenía cien años de antigüedad.
¿Qué obras hacían?
Estaban las del realismo socialista. Uno podía criticarlo mucho, yo lo he criticado mucho. Ellos institucionalmente lo defendían pero en el cuerpo a cuerpo eran conscientes de que les faltaba.
¿Qué obras eran representativas del realismo socialista?
Todas las obras que se hacían eran, por definición, eran realismo socialista. Realismo socialista significa final feliz, participación grupal, un realismo. Por supuesto, mensaje político. Por ahí venía alguien del partido y nos resolvía el tema.
¿Había un comisario de cultura que decía que tal obra tenía que terminar así?
Sí, la traía escrita.
¿Cuáles recordás?
De Gorki, las que quieras. Pero no todo era negativo, ¿eh? Acá vino el que fue mi profesor y trajo en el año ’81 una obra que marcó una época. La historia de un caballo. Era un cuento de León Tolstoi adaptado por ellos y tenía todas las características del realismo socialista. Nosotros salimos diciendo “¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo hacemos para subir a un escenario?” Algunos tuvimos la posibilidad de entrar una hora antes al teatro y vimos que los actores estaban en el escenario, tirados, trabajando. Entonces dijimos: “El método existe”. A nosotros nos marcó mucho. Yo tuve la suerte que tres meses después pude ir allá.
¿Dónde estás trabajando ahora?
En la Coruña hay teatros municipales y hay una sola sala privada, que es la nuestra. Es la única sala dedicada al teatro infantil. Estamos en un barrio muy bonito que se llama “Los rosales” y tiene la forma de una rosa. En este barrio viven doce mil personas, dos mil quinientos niños. Yo llegué allí y vi todos esos niñitos, posibles espectadores… (risas)
¿Eso en qué año fue?
Me fui la última vez en el 2000 a España. Hice algunos trabajos en la universidad pero me fue imposible juntar teatro y universidad. Así que en el 2003 abrimos la sala. Era un lugar muy pequeñito. Hacíamos espectáculos y pasábamos la gorra. Algo que no está muy bien visto allí. Nosotros pasábamos la gorra y decíamos que lo recaudado se lo donábamos íntegramente a una ONG africana. El público no entendía nada. Pero al año, nos conocía toda La Coruña. Los niños venían tres, cuatro, diez veces a ver nuestro espectáculo y no pagaban. Ahora tenemos el Teatro del Andamio que funciona como sala, escuela y compañía.
¿Hacen sólo funciones de teatro infantil?
No, hacemos obras para adultos y para niños. En la sala hacemos tres funciones a la semana. Los sábados a las siete de la tarde, los domingos a las doce del mediodía –que es un muy buen horario, todo el mundo sale a tomarse su vinito y comer su tapita y dejan los niños con nosotros– y domingos a las siete de la tarde. Los viernes sí, hacemos teatro para adultos. Ahora estamos ensayando un espectáculo que escribí yo. La sala tiene espacio para setenta personas.
Contanos lo que venís a presentar acá a Buenos Aires.
Bueno, Manuel Rivas es un autor más que conocido en Galicia. Tiene un perfil comprometido. Cuando pasó lo del Prestige, ¿se acuerdan ese barco que se hundió? Él era una cabeza visible de la protesta. ¿Quién se subía a la tribuna? Manolo Rivas. Aparte, es premio nacional de literatura, es el tío número uno en Galicia y muy conocido en España. Manolo escribió un cuento que se llama “Qué me quieres amor” en el año ’94. Es un cuento, no es teatro. Unos amigos me lo mandaron y yo me dije “aquí hay un espectáculo fantástico”. Empecé a estudiar el texto conectado con Manolo y después me enteré que hicieron la película. La película ganó un montón de premios, el Goya y no sé si no fue candidata al Oscar inclusive. La película la hizo Fernando Fernán Gómez y funcionó muy bien y la vio todo Dios. Hasta año pasado yo había hecho por dos años Geppeto, la obra de Tito Cossa, y nos fue muy bien. Así que esto fue como retomar la actuación. Y me animé. Primero la iba a hacer yo solo, en un acto de soberbia muy típica de nosotros los actores, y al segundo ensayo le dije a mi mujer, que es rusa, seguí vos con la dirección porque yo no puedo. Con Tatiana tenemos una unidad de trabajo muy interesante, algo bastante poco frecuente entre las parejas de actores. Hemos estudiado juntos en San Petesburgo. Tenemos criterios técnicos exactamente iguales. De hecho, no sé si me pondría a trabajar con un director gallego.
¿De qué se trata la obra?
La lengua de las mariposas cuenta la relación entre un maestro y un niño de seis años y cómo aprende con el maestro conceptos de solidaridad, de belleza y descubre el mundo. “Me di cuenta que gracias al maestro yo conocía cosas importantes que mis padres desconocían.” Llega el golpe de Estado del ’36, el maestro y el padre del niño son republicanos. Pero en vez de cómo pasó aquí que no se sabía a quién se estaba llevando, allá los exhibían para que la gente viera el escarmiento.
¿La adaptación del cuento para llevarla a escena la hiciste vos?
Mirá, yo no quise adaptarlo. El mayor desafío fue no tocarle nada al cuento, creo que a lo sumo he agregado un par de palabras. Pero no he cambiado nada. Ustedes saben que en el teatro se dicen las cosas en un orden distinto. Lo hice íntegro. Ese fue el desafío. Cómo llevar esto a escena. Aparecen el padre, la madre, el maestro, el niño, un amigo, la vecina, el guardia, el recogedor de basuras.
¿Y todos los personajes los interpretás vos?
Todos. No me cambio de ropa, no me maquillo. Era un desafío impresionante y finalmente fue lo que me motivo a encarar el proyecto.

