sábado 26 de julio de 2008

EL TERROR SE EXTIENDE COMO UNA SOMBRA (VIII)

EL TERROR SE EXTIENDE COMO UNA SOMBRA (La llanura de las ficciones VIII)

La sentencia se cumplió. La abominable noche de los crímenes quedó imborrablemente grabada en la mente de la población de la ciudad. Los vecinos habitaban un mundo de latrocinios y de inseguridades en el que, a diario, una guerra o una revuelta estallaba aquí o allá. Detrás de estandartes de uno u otro signo, desde los días de la Independencia, se habían enfilado hombres solos, ciudades y marcas, y hasta una y otra mitad de la nacionalidad. Tampoco eran novedosos los crímenes políticos.

El plan elaborado por anónimas mentes se ejecutó para no dejar a conspicuo del clan en pie.

Manuel Borda, de veintiséis años, hijo de Amalia y de Gervasio, salía de su casa cuando un disparo de fusil proveniente de la negrura lo derribó. El primer caído. Bartolomé Borda, que orillaba los treinta abriles, emergía de una morada, tras un mitin, cuando se desmoronó con un agujero en el pecho tras una deflagración. Y estaba Pedro Borda en su biblioteca rodeado de incontables perlas literarias cuando una banda entró con violencia en el estudio y lo acuchilló vez tras vez. Del clan restaba su cabeza y la esposa de éste. Los sicarios los habían reservado para lo último.

Poco antes de las ocho, sonaron ruidos en la enarenada calle, los que inquietaron a Gervasio, encerrado en el despachito. Su mujer se deslizó hasta la estancia cuando el estropicio, pero sus reparos mentales no evitaron el descerrajamiento a balazos de la puerta, ni el tiroteo de las persianas. Astillado el madero que separaba lo doméstico de lo callejero, un tropel de esbirros a sueldo penetró en el santuario. Los criminales voltearon los macizos muebles de algarrobo y sablearon los cojines; rasgaron los cortinados y echaron al suelo la platería, la cristalería y las porcelanas. Luego, prendieron al hombre y hundieron sus puñales en él. Contempló Facundo esta escena. Cuando hubo terminado, el cuerpo de Gervasio Borda estaba tieso, boca abajo, en el piso. Manos horrendas le habían arrancado la vida. Luego los reos giraron hacia su esposa, detenida en un rincón. Era la siguiente víctima. Facundo no vio cuanto los reos la cogían, mientras ella prorrumpía alaridos de quebranto, espanto e impotencia.

Todo acaeció rápidamente. Mientras el grupo disponía de la vida de Amalia, un sujeto de grandes ojos negros, tez morena y tupida y desprolija barba, violentamente arrojó al chicuelo contra el secreter de su padre. En curso el asalto, abruptamente, principió el epílogo. Altas llamas, como pendones, se alzaron sobre las alfombras; rápidamente la línea de fuego lamió las paredes, y devoró el mobiliario, y trepó por las telas y los terciopelos. Un calcinante resplandor bermejo alumbró las habitaciones. Los centelleos crepitaron, trillados y temblorosos. Las voces de su mamita y de los criados, quienes aullaban y chillaban, se apagaron a la sazón, y Facundo se incorporó entre los espirales de humo que nutrían la atmósfera contenida por los muros. Las lágrimas, amargas, acudieron a sus ojos, y desbordaron para recorrer las mejillas rojas de calor y de miedo. ¿Qué había pasado con mamita Amalia? Gritó su nombre, una vez, dos, hasta cinco, más ninguna voz le respondió. Nadie emergió del alumbramiento rojizo. Impelido, sofocado, lloroso, decidió abandonar la casa. Quizá aquella lo esperaba en el exterior.

Salió; al rato la casa estaba sumergida en un mar de fuego. Las lenguas crecían sobre la techumbre, y envolvían las paredes, y rugían en los huecos y en las hendiduras. Y escupían un humo ocre, y rojizo, y negro, que se escalonaba y ganaba los cielos. Y arrojaban lluvias de chispas y tizones candentes, que volaban en la atmósfera, según los caprichos del viento. Ningún rostro conocido vio en la calle, ningún pecho amado lo recibió, ningún brazo fraterno lo abrigó en la hora más penosa. ¿Qué había sido de todos los suyos? ¿Habrían quedado atrapados en el anillo de fuego, en ese océano candente?

De súbito, avistó a los asesinos que resaltaban crueles sobre la luz rojiza; montados en sus caballos, fijaron sus ojos en el cuerpecito del mocoso. “¡Huid! ¡Corred! No vaya a ser cosa que os prendan también”, le impuso una voz interna. Y cuando las musculosas bestias le oponían sus sólidas osamentas y sus corpachones miembros, Facundo cayó al suelo. Y reptó, retrocediendo ante los asesinos. Se levantó, se impulsó y echó a correr. Por esa razón no vio el desmoronamiento de la casa, ni las turbulencias que levantó cuando el derrumbe; tampoco sintió el calor sofocante y abrasador de los hálitos cálidos durante el colapso.

3 comentarios:

Recontra dijo...

Muy Grosso

Briks dijo...

genial!

de quien es?

federico gauffin dijo...

¡Qué masacre espantosa! Esto lo va a marcar para siempre al protagonista... ¿O me equivoco?