Hacia la revolución
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por M. F.
Hay una gran tradición de viajeros argentinos, mayormente durante el siglo XIX y principios del XX. Muchos de ellos tuvieron como principal objetivo Europa. El viajero argentino emblemático fue Domingo Sarmiento, que cumplió con el requisito europeo, pero también visitó África y América extensamente. Hay muchos más, la lista sería interminable: Quiroga, Arlt, Mallea, Cambaceres, Cortázar, Girondo… es cuestión de pensar un rato.
Pero la propuesta de este libro es diferente porque propone viajes a lugares extraños, lejanos en kilómetros pero también en pensamiento. Hacia la revolución es una recopilación de crónicas de viajes hacia los tres destinos más importantes de las revoluciones marxistas: la Unión Soviética, China y Cuba. Los viajeros son múltiples, entre ellos Elías Castelnuovo, Leopoldo Marechal, Ezequiel Martínez Estrada y Enrique Raab.
Un punto importantísimo a la hora de comenzar la lectura de este libro es saber que el trabajo de selección fue realizado por la investigadora Sylvia Saítta. Ya en otros de sus libros como El escritor en el bosque de ladrillos o Grandes entrevistas de la historia argentina se puede disfrutar la calidad de su trabajo. El prólogo también está a su cargo y aunque es muy interesante llama la atención cierta desprolijidad que da la sensación de haber sido escrito a los apurones sin detenerse a corregir las repeticiones y muletillas clásicas de la argumentación crítica. De cualquier manera eso no le quita ningún mérito.
La mayor parte del libro -la mayor cantidad de páginas- están dedicadas a los viajes a la Unión Soviética. Enseguida continúa China y sobre el final Cuba. Podría decir con certeza que cada uno de los países tiene un campo de características comunes aún en los diferentes escritores. En la Unión Soviética es muy fuerte la marca de la frontera, la burocracia y el miedo a los desconocido. Es que el primer país en llegar a la revolución estaba unido a Europa y se deja sentir el hermetismo y el desprecio por el enemigo burgués que acecha más allá del límite nacional.
Pero nos equivocamos respecto a las aduanas de Rusia: allí la inquisición sobrepasa todo lo imaginado. No sólo se fijan si uno introduce objetos de contrabando, sino que hasta restringen la introducción de efectos personales que sobrepasan un límite determinado. (1)
El idioma será también una barrera infranqueable tanto en Rusia como en China donde los viajeros no podrán experimentar completamente la práctica revolucionaria sino a través de los intérpretes.
El relato de la Unión Soviética es el de una nación fuerte e inmensa, monumental donde el adorno de la vida capitalista y burguesa fue suprimido por las limpias aristas de la conciencia revolucionaria. El hombre Soviético, el trabajador, es amo y señor de sus dominios, capaz de dominar a toda la naturaleza.
“…el hombre que ha dejado de ser el esclavo sumiso o desesperanzado para convertirse en el dueño completo de sus fuerzas: ése es el hombre soviético que introduce su voluntad en lo que parecía inaccesible, el hombre soviético que invierte el curso de los ríos, renueva el alma de las viejas tribus, transforma a su antojo a la flora y la fauna” (2)
En China desaparece el problema de la frontera por lo menos para los viajeros argentinos que deben llegar en avión. Este segundo destino se destaca ya no tanto por el monumentalismo y esfuerzo que tenían los soviéticos sino por el exotismo primero y la abrumadora fuerza de trabajo de las multitudes obreras chinas después. Pero queda lugar en la experiencia de los viajeros para los mítines y las charlas sobre doctrina. Algunos de los viajeros argentinos eran periodistas, otros escritores e intelectuales. Este origen diferente produjo también disímiles experiencias. Hay crónicas, testimonios o textos más cercanos al ensayo reflexivo.
Cuando Bernardo Kordon le pregunta a sus ocasionales guías si la Revolución Cultural fue cruenta en Shangai, le contestan con una cita que pone en evidencia la ignorancia criolla sobre el acto revolucionario:
Hacer la revolución no es ofrecer un banquete, ni escribir un poema, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan pensada ni fina, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima. Una revolución es una insurrección, es un acto de violencia mediante el cual una clase derrota a otra.(3)
Es para destacar en esta sección dedicada a oriente el encuentro que tuvo, y está incluido en el libro, Carlos Astrada con Mao Tse Tung en el año 1960.
De entrada, nos dijo Mao Tse Tung, y estas palabras eran su carnet de identidad: “Yo fui maestro, enseñé a chicos de ocho a doce años, hasta que me excluyeron del cargo. No soy militar, pero he hecho veinte años la guerra.(4)
El último segmento del libro está dedicado a la Revolución Cubana y, me parece que aunque breve, es el más atractivo del libro. La experiencia no sólo es diferente para los viajeros sino también para el lector que puede comprender esa realidad cubana que por menos exótica no se muestra utópica como la Rusa o la China. Al mismo tiempo la cubana aparece en los relatos como una revolución joven, en proceso. Se puede apreciar especialmente en la preciosa crónica de Jorge Ricardo Masetti que llega hasta la selva de la isla en pleno combate y entre las explosiones de mortero y los cigarros encendidos a toda hora entrevista, al omnipresente Che Guevara y al lider Fidel Castro.
Él había encendido su pipa y yo mi tabaco y nos acomodamos para una conversación que sabíamos larga. Me contestó con su tono tranquilo, que los cubanos creían argentino y que yo calificaba como una mezcla de cubano y mexicano:
-Estoy aquí, sencillamente, porque considero que la única forma de liberar a América de dictadores es derribándolos. Ayudando a su caída de cualquier forma. Y cuanto más directa, mejor. (5)
Cerca del final encontramos también al justicialista Leopoldo Marechal que se muestra sorprendido por el pulso de la revolución en su visita como jurado del premio Casa de las Américas. Es simpático ver pasar entre las palabras de Marechal a Cortázar, que si bien no está incluido en este libro dio numerosos testimonios de lo significativo que fue este viaje para él.
Los relatos de viaje, escritos por el mundo pero con el único objetivo de ser leídas en la patria resumen el testimonio de anhelos perseguidos por intelectuales argentinos durante todo el siglo. Así no solo son un retrato de la vida política en lejanos países sino, más que nada, en el propio.
Notas:
1. En: León Rudnitzky, Rusia: La verdad de la situación actual del Soviet, p. 65.
2. En: Anibal Ponce, Visita al hombre del futuro, p. 129
3. En: Bernardo Kordon, Viaje nada secreto al país de los misterios: China extraña y clara, p. 235.
4. En Carlos Astrada, Convivencia con Mao Tse Tung en el diálogo, p. 246.
5. En Jorge Ricardo Masetti, Los que luchan y los que lloran, p. 269.



July 30th, 2008 at 1:52 pm
Parafraseando a Abelardo, parece que la Revolución es un viaje eterno. La propuesta es tentadora y dan ganas de leerlo. Muy buena la reseña!