- En los prolegómenos de conmemorarse el bicentenario de La Revolución de Mayo del año de 1810, el hecho cumbre de nuestra historia que compendia las ansias de libertad de muchas generaciones y funde en su crisol la realidad política, económica y social que le circunda, el Instituto Nacional Belgraniano se congratula en ofrecer una sucinta pero ajustada perspectiva histórica de aquella gesta de la que fue arquetipo y hacedor el General Don Manuel Belgrano.
- Desde el comienzo mismo del proceso revolucionario rioplatense se procuró evocar perdurablemente los hechos de Mayo. De forma tal que, para mediados de 1811, cuando recién había pasado un año de la instalación de la Junta Gubernativa, el Cabildo dispuso que se erigiera en la Plaza de la Victoria una Pirámide conmemorativa de tales sucesos. Dos años más tarde, mediante una ley (sancionada con fecha del 5 de mayo de 1813), la Soberana Asamblea General Constituyente declaró al 25 de Mayo día de fiesta cívica. Se ordenaba celebrar las denominadas Fiestas Mayas en el territorio de las Provincias Unidas, en virtud de ser un deber de los hombres libres inmortalizar y recordar al pueblo venidero el día del nacimiento de la patria.
- Es sabido como, con esa misma inmediatez, se asocian indiscutiblemente la gesta de Mayo de 1810 y la figura egregia de Manuel Belgrano. Domingo Faustino Sarmiento escribió sobre él: “Sus virtudes fueron la resignación y la esperanza, la honradez del propósito y el trabajo desinteresado. Su nombre se liga a las más grandes fases de nuestra independencia, y por más de un camino si queremos volver hacia el pasado, la figura de Belgrano ha de salirnos al paso”[i].Vale decir, con Mitre, respecto a San Martín y Belgrano: “nadie ignora que son los verdaderos Padres de la Patria”; el primero, como brazo armado de la Revolución y el segundo, como brazo armado también e ideólogo y precursor de Mayo.
- ‘[ii]La gran labor de estadista que Belgrano realiza desde su oficina como Secretario del Consulado; su excelencia en la administración pública y su plan en consonancia, dejan traslucir sus intenciones de propiciar un cambio estructural para las provincias del Río de la Plata. Dedicado, ya en su tarea consular, al conocimiento de la realidad americana y consciente de la necesidad del conocimiento mutuo de las distintas regiones que integran el Virreinato para facilitar su fuerte integración, contribuye, con sus notas, desde el Telégrafo Mercantil primero y desde el Correo de Comercio a partir de 1810[iii], a la comprensión del todo aunque la unión efectiva del territorio esté más en sus deseos que en los hechos. Cuando quiere mencionar a las partes integrantes del Virreinato emplea la expresión: “provincias argentinas”, reconociendo la unidad del Virreinato pese a la diversidad que lo conforma, y a la ausencia de cohesión interna.
- “Mientras que para la Corona el conocimiento del Imperio y sus potencialidades fue puesto al servicio de la sumisión y del reforzamiento del pacto colonial, para los americanos significaba un entusiasmo cada vez mayor por la autonomía y el reconocimiento de las posibilidades diferenciadas de cada región y cada país del continente. Este es el conflicto básico que revela la trayectoria cultural e ideológica de una institución prerrevolucionaria como el Consulado […] Todos estos intentos de reunir, sistematizar y difundir conocimientos útiles al desarrollo autóctono, en definitiva, chocaban fuertemente con la política colonial metropolitana. Las críticas de Belgrano se fueron haciendo cada vez más tajantes y objetivas […], fue intuyendo algunos de los problemas clave del desarrollo económico argentino y generó la radicalización ideológica que sumaría voluntades a la hora el golpe de gracia al sistema colonial”[iv].
- Sin embargo dicha acción pionera y responsable no nos presenta todavía con plenitud a Belgrano en su auténtica dimensión revolucionaria. En sus escritos y proclamas aparece la palabra ‘revolución’ pero no se jacta de ella. La ejecuta, callada y firmemente, como corresponde a su talla moral y a su cabal vocación ciudadana. A poco irá convirtiéndose en el mediador y movilizador del proceso revolucionario, que en su estallido lo encontró a él:
- “habiendo salido por algunos días al campo, en el mes de mayo”[v].
- Es entonces cuando, dice:
-
“me mandaron llamar mis amigos a Buenos Aires, diciéndome que era llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad e independencia deseada; volé a presentarme y hacer cuanto estuviera a mis alcances: había llegado la noticia de la entrada de los franceses en Andalucía y la disolución de la Junta Central;éste era el caso que se había ofrecido a cooperar a nuestras miras el comandante Saavedra. Muchas y vivas fueron entonces nuestras diligencias para reunir los ánimos y proceder a quitar a las autoridades, que no sólo habían caducado con los sucesos de Bayona, sino que ahora caducaban, puesto que aún nuestro reconocimiento a la Junta Central cesaba con su disolución, reconocimiento el más inicuo y que había empezado con la venida del malvado Goyeneche, enviado por la indecente y ridícula Junta de Sevilla. No es mucho, pues, no hubiese un español que no creyese ser señor de América, y los americanos los miraban entonces con poco menos estupor que los indios en los principios de sus horrorosas carnicerías, tituladas conquistas”[vi].Para comprender el contexto en el que se ve inmerso Belgrano vale reseñar los sucesos de entonces:
- A posteriori de la derrota del ejército español en las Navas de Tolosa el 20 de enero de 1810, Andalucía cayó en manos de Napoleón, y su hermano José ingresó en Sevilla el 1º de febrero de 1810. La casa real por completo se hallaba prisionera en Francia. Con la salvedad de Cádiz y la isla de León, defendidas por el duque de Albuquerque con apoyo británico, todo el territorio español quedaba bajo dominio francés. La Junta Suprema se autodisolvió, presionada por el general Wellesley y el embajador británico Frere, aunque en arreglo con la Junta de Cádiz instauró el Consejo de Regencia, que inútilmente pretendió gobernar España y sus colonias en nombre del rey Fernando VII.
- El 13 de mayo de 1810 las noticias de la caída de Andalucía llegaron a Buenos Aires a bordo de la “Mistletoe”, y a Montevideo a bordo de embarcaciones británicas: los franceses ocupaban Andalucía y se había disuelto la junta de Sevilla, el cuerpo de gobierno que había nombrado al virrey, y último bastión de la resistencia española contra Francia. Cisneros expresó públicamente su pesimismo sobre el porvenir de España y su decisión de luchar por la independencia de América, solicitando unión y calma a la población. Aunque nos pese Napoleón Bonaparte provocó la fractura y el cambio, ya que sembró el terreno para que en el Río de la Plata la Revolución de Mayo definiera los destinos de los pueblos. Los distintos grupos políticos intensificaron las reuniones secretas; los patriotas se reunían en lo de Vieytes y en lo de Nicolás Rodríguez Peña, según dice el propio Cornelio Saavedra, casa en la que había “una gran reunión de americanos que clamaba por que se removiese del mando al virrey, y se crease un nuevo gobierno americano”[vii]. La acción revolucionaria era inminente: la resistencia española acabaría de un momento a otro, en poco tiempo España estaría plenamente dominada por Napoleón y América pasaría a ser colonia francesa. La coyuntura crítica parecía exigir separarse de la anarquía española, deponer a Cisneros y formar un gobierno propio.
- Ante la noticia de la disolución de la Junta Suprema, que en teoría había intentado representar hasta allí la soberanía española, el 20 de mayo el Cabildo, los jefes militares y los vecinos principales decidieron tomar medidas para la defensa contra Francia. Surgió pues la idea de un Cabildo Abierto, a la manera de un Congreso General de vecindario, que votara la deposición de Cisneros y el plan a seguir.
- Saavedra y Belgrano, representando a los militares y a los intelectuales patriotas, fueron al Cabildo y expusieron sus pedidos a los alcaldes Leiva y Juan José Lezica. Cisneros se negó a aceptar el Cabildo Abierto. Propuso en cambio convocar a todas las provincias del Virreinato pues confiaba casi ciegamente que el interior, más conservador y en eterna rivalidad con Buenos Aires, lo sostendría a él contra los porteños. La urgencia dictaba controlar la incipiente revuelta popular. Reunió a los jefes militares a fin de resolver esta crisis que desafiaba su autoridad como virrey; obvio decir que Cisneros necesitaba apoyarse en la fuerza militar. A las ocho de la noche del mismo día 20 convocó a los comandantes de la ciudad, que se negaron a brindarle soporte alguno. El comandante Saavedra le respondió que, frente a la situación española, estas provincias reasumirían sus derechos de autogobierno, y que el virrey carecía ahora de autoridad: “¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído acaso en Cádiz y la isla de León, que son parte de Andalucía? No, señor: no queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos, y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe, de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya; así pues, no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella”[viii]. Al no poder contar con respaldo militar, Cisneros se dio por vencido, resignándose a aceptar la atribución de elegir la forma de gobierno que los vecinos exigían para sí. Confiaba, sin embargo, en que el Cabildo buscaría mantener al virrey en la jefatura del gobierno, con el apoyo de algunos patriotas que pensaban factible alcanzar la independencia con su figura. Mientras tanto, los militares patriotas resolvieron el acuartelamiento de los batallones porteños, listos para salir a la calle.
- Al día siguiente, una multitud cubrió la plaza mayor al grito de "Abajo el Virrey", conducida por French y Beruti reclamó Cabildo Abierto, exigiendo la representación del pueblo en las decisiones. A su vez repartían unas cintas blancas que la gente ataba a los sombreros para identificarse.
- Desde allí en adelante, en todos los documentos aparecería el "pueblo" apoyando la revolución. El Cabildo[ix] solicitó a Cisneros permiso para convocar al pueblo a un "congreso público"[x], y éste dio autorización para un Cabildo Abierto limitado a los vecinos principales, creyéndolo el procedimiento más cierto de asegurar el orden. Era el último recurso del virrey para conservar su autoridad, teniendo fe en el apoyo de los vecinos peninsulares. A estas alturas todos, incluido el virrey, coincidían en el principio de que la soberanía residía en el pueblo y que debía aceptarse el deseo de la mayoría. Saavedra sería el responsable del orden público.
- Según Belgrano, la instalación del gobierno independiente americano se hizo dentro de los cauces institucionales consagrados por el Derecho Indiano, pues para convocar el cabildo abierto no se actuó por sorpresa, ni con violencia, ni siquiera empleando métodos subrepticios, sino con previa autorización del Virrey, y con intervención directa del Cabildo de Buenos Aires a través de su presidente (Lezica), y del síndico procurador general (Leiva).
- Se hicieron 450 invitaciones para los vecinos más destacados, convocándolos a Cabildo Abierto, o congreso general, para el día siguiente martes 22 de mayo de 1810. El 22 se reunieron más de doscientos ciudadanos en el Cabildo[xi]. El regimiento Patricios controlaba las participaciones al Cabildo Abierto que mostraban los vecinos. French y Beruti estaban con un centenar de jóvenes del comercio, todos armados; a quienes les decían "La Legión Infernal"[xii].
- La consigna a discutir y votar era resumidamente “Si Cisneros, debía cesar o continuar en el mando de estas provincias en las circunstancias de hallarse solamente libre del yugo francés, Cádiz y la isla de León, y si se debía erigir una Junta de Gobierno que reasumiera el mando supremo de ellas”.
- El obispo de Buenos Aires, Benito Lué, expresó la tesis del bando peninsular de que no debía producirse cambio alguno, pues mientras existieran autoridades españolas, cualesquiera que fueran ellas, éstas debían gobernar las colonias americanas. Dicha tesis fue rebatida por el abogado criollo Juan J. Castelli, quien se basó en el hecho jurídico de que América no dependía de España sino del monarca. Belgrano, como su primo, tenía la certeza de que América no sólo no dependía sino que ni siquiera tenía vínculo constitucional alguno con España. Su histórico lazo de unión era solamente, desde el punto de vista político, con la corona de Castilla, a la que estaba incorporada desde 1492 y, por consiguiente, el de Indias era un reino que no se encontraba sometido a ninguno de los otros reinos de la península española[xiii]. Castelli estimaba con toda lógica pues, que ante la ausencia del monarca y la ocupación de España por los franceses, sólo cabría reasumir la soberanía popular y nombrar un gobierno representativo. El fiscal de la Audiencia, el respetado jurista Manuel Genaro de Villota, dijo aceptar la tesis de Castelli, pero sostuvo que la soberanía popular no podía ser ejercida por una sola provincia o municipio, y antes de tomar decisiones se debía consultar con las demás jurisdicciones del virreinato. A la postura de Villota respondió Juan José Paso, el abogado patriota de mayor prestigio, arguyendo que Buenos Aires era la "hermana mayor" de las provincias, y que ante la urgencia debía asumir la gestión de sus negocios, sin perjuicio de consultar con el resto a posteriori. La Asamblea aclamó el discurso de Paso, que se convirtió en el héroe de la jornada. Hubo consenso en la ilegitimidad de los títulos del virrey. Muchos peninsulares, incluido el general Pascual Ruiz Huidobro y los conservadores canónigos, votaron por la cesación del virrey y la elección de un nuevo gobierno.
- Cornelio Saavedra se expresó en los siguientes términos: “debe subrogarse el mando superior que obtenía el excelentísimo señor virrey en el excelentísimo Cabildo de esta capital, ínterin se forma la corporación, o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando”[xiv].
- En la reunión el voto de Belgrano concordó con el de Saavedra, de quien luego dirá Manuel:
- “No puedo pasar en silencio las lisonjeras esperanzas que me había hecho concebir el pulso con que se manejó nuestra revolución, en que es preciso, hablando verdad, hacer justicia a don Cornelio Saavedra”[xv].
- Se entiende pues, en esa línea de pensamiento, que Belgrano tuviera estima del:
- “Congreso celebrado en nuestro estado para discernir nuestra situación, y tomar un partido en aquellas circunstancias, debe servir eternamente de modelo a cuantos se celebren en todo el mundo. Allí presidió el orden; una porción de hombres estaban preparados para a la señal de un pañuelo blanco, atacar a los que quisieran violentarnos; otros muchos vinieron a ofrecérseme, acaso de los más acérrimos contrarios, después, por intereses particulares; pero nada fue preciso, porque todo caminó con la mayor circunspección y decoro. ¡Ah, y qué buenos augurios!”[xvi].
- El 23 de mayo el Cabildo se reunió para terminar el escrutinio. La Asamblea había resuelto claramente que “en la imposibilidad de conciliar la tranquilidad pública con la permanencia del Sr. Virrey en el mando y régimen establecido” la autoridad recayera provisionalmente en el Cabildo, quien designaría una Junta “en la manera que estime conveniente”[xvii]. Esta Junta ejercería el gobierno hasta que se reunieran los diputados de todas las provincias para establecer una forma de gobierno más permanente. Consecuente con estas facultades, el 24 de mayo el Cabildo[xviii] designó una Junta de Gobierno provisional cuyo presidente era el ex virrey Cisneros y los vocales el comandante Cornelio Saavedra, el doctor Juan José Castelli[xix], el presbítero Juan Nepomuceno Solá y el comerciante José Santos Incháurregui. La Junta debía obrar para preservar la integridad de esta parte de los dominios de América para Fernando VII y sus legítimos sucesores, y debía observar escrupulosamente las leyes del reino[xx]. Esta solución pseudoconservadora que mantenía a Cisneros al frente del gobierno trataba, entre otros fines, de evitar la oposición del interior a las resoluciones de Buenos Aires. Los militares aprobaron la decisión del Cabildo, los peninsulares se felicitaron de ver al virrey a cargo del gobierno aunque bajo un título diferente, y el mismo día 24 se celebró la jura del nuevo gobierno. Aunque en los círculos revolucionarios, que detestaban a Cisneros desde su represión de la rebelión patriota en el Alto Perú, cundió la protesta, que alcanzó fugazmente a los cuarteles.
- Por temor a la inminencia de un levantamiento, el Cabildo consideró la necesidad de separar al virrey. En un instante de ardor patriótico, en la casa de Nicolás Rodríguez Peña, Belgrano juraba a fe de caballero, ante la Patria y sus compañeros, que si no era derrocado el Virrey a las tres del día siguiente, él lo derribaría. Hacia el anochecer, los oficiales del cuerpo de Patricios entraron en permanente deliberación, y no resultó sencillo aquietar los ánimos para postergar la decisión hasta el venidero 25[xxi]. La misma Junta Provisional, alarmada por la situación, se dirigió al Cabildo para solicitar su reemplazo.
- Fuente: http://www.manuelbelgrano.gov.ar/
Hace 1 semana







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