La llanura de las ficciones XI: Tras el asesinato de su familia, Facundo de 10 años llega a una plaza de la ciudad de San Juan donde se duerme debajo de una carreta. Lo despierta una conversación entre dos hombres; uno de ellos dice que viajará a Buenos Aires. Facundo cree que es una buena opotunidad para viajar a la casa de sus tíos. Entonces, sale de debajo de la carreta e interrumpe la charla.
El hombre, un chino grueso, de traza vulgar y tupida barba entreverada, lo miró con sorpresa. Llevaba un sombrero embudo en la cabeza y chiripa de lienzo; la camisa estaba tan gastada que era casi transparente, y las botas de potro parecían a punto de desarmarse. Sus ojos eran pequeños, la nariz, deforme, y tenía largos los cabellos, además de sucios.
-¡Yo puedo ir con usted y serle de ayuda, señor! –proclamó el muchacho.
-¿Un crío? –exclamó el hombre, incrédulo, y giró.
Pero el chiquillo, decidido, lo siguió.
-Puedo recoger el agua, lavar su ropa, amansar a los bueyes… -detalló Facundo aunque jamás había realizado ninguna de las faenas que prometía.
-No molestes –dijo el hombre, sin perder el tino, mientras aprontaba los cabestros-. Esto es un asunto de hombres. Tu mamita te estará reclamando. Vete a casa.
-No tengo casa, ni parientes, señor... -titubeó.
-Tatita quería armar un jaleo antes de que el ejército llegase... Por eso tengo que ir a Buenos Aires, señor –dijo, implorante-. Allí vive mi tío, ¡un hombre muy, muy rico!
-¡El hijo de un revoltoso! –lamentó, espantado-. ¿Qué pasó con tu tata?
El niño demoró la respuesta.
-Murió… Unos desconocidos asaltaron la casa y la quemaron –dijo.
El gaucho quedó pasmado. ¡El mocoso era un escapado!
-¿Estás loco? –dijo-. Andar contigo es peligroso.
-Pero…
-Vete en la carreta de López, o de Anasagasti o de Carracedo –le dijo y le señaló con el dedo cada uno de los transportes, mientras aseguraba los atalajes del propio-. Quizá ellos te lleven. Aunque te recomiendo que ante ellos calles lo que dijiste: espantarás a todos.
-¡Pero no conozco a ninguno! Y usted…
El hombre interrumpió su tarea y lo miró fijamente. ¿Quién decía que ambos se conocían? ¡Locuras del mocoso! Se asía a los primeros pantalones que veía y pretendía que su portador lo acogiera y lo apañare como le era debido a un niño. Pero mala elección había hecho, porque Funes no encuadraba en ese molde. Como padre ya era inoficioso con su hijo; entonces, ¿qué podía esperar un extraño? Avistó Facundo al pobrecillo: el hijo de Funes contaba con once años, pero era tan enjuto, y diminuto, y de carácter tan endeble que parecía de ocho. Vestía trapos, calzaba unos tamangos prestos a pulverizarse y tenía la carita negra de mugre.
-¡Por favor! –insistió Facundo, casi desesperado-. ¡Lléveme con usted!
Funes, entonces, cogió al niño por la camisa roñosa que cubría su torso, le acercó la cara y dijo, en tono quedo, con crudeza:
-Escúchame, hijo: ¿ves la carreta? Es robada. Hasta los gueyes lo son; me miran con nostalgia como diciendo: “¿Por qué nos robaste? Devuélvenos a nuestro establo”. Y tengo otros robos en mi haber. ¿Qué pasaría si me descubren con una carreta ajena, dos gueyes también robados y un chiquillo que no es mío y que no sé de dónde salió? Les diré: “¡Oh, sí: lo encontré en la plaza, me pidió dar un paseo hasta Buenos Aires y acepté!”. ¡Sería un bolazo! No podría dar una explicación conveniente. ¡Daría directamente a la cárcel! Y tú, al orfanato. O lo que es peor, ¡me fusilarían por andar con agitadores!
La explicación no convenció al niño. En verdad, nada entendía de procedimientos policiales, de requisas y de detenciones. ¿Por qué le estaba vedado trasponer el límite de San Juan? El hombre le volvió la espalda, dando por terminada la plática. Entonces, el cerebro de Facundo atrapó una excusa y, a continuación, como un pescador, puso un señuelo en el gancho, proyectó la caña y tentó al pez.
-Puede decir que es mi tío –dijo-. Además, si usted me lleva, mi tío porteño lo recompensará con unas cuantas monedas…
Facundo no sabía si sus palabras tendrían un efecto en el hombre, el suficiente para hacerlo volver sobre su decisión. Pero la presa picó: Funes se detuvo y, lentamente, se volvió, con ojos desorbitados.
-Tu tío… -balbuceó-, ¿me pagará por ti?
-Sí, señor –dijo, con vehemencia-. El tiene mucho, mucho dinero. He visto su casa, y guarda abultados fajos de billetes en una pared.
¡Dinero! ¿No se dirigía a Buenos Aires? Si cargaba con el niño, la orgullosa ciudad lo recibiría con un premio por haberlo conducido hasta ella, de manera que, de resultas, el viaje le reportaría unos cobres. Bien los necesitaba; con ellos podría sellar la lengua deletérea de su mujer que lo estimaba un haragán. Además, la excusa del mocoso era viable.
Pero, ¿y el ejército? Las voces que corrían aseguraban que los caminos estaban infectados de tropas, de guarniciones y de hombres con guerreras. Y, ¿si los cogían? ¿De qué modo él, un gaucho pobretón, iba a justificar la tenencia de tamaño transporte con dos animales? Además, el mocoso era miembro de un clan, presumiblemente, rebelde, y no era conveniente estar enlazado a nadie que oliera a ingobernable.
-¡No! ¡No! ¡No! –replicó Funes, dubitativo-. El camino está lleno de soldados. No pasaremos… Excepto –repensó, con avidez-, que nos dirijamos al sur, pero sin tocar Mendoza… ¡Tampoco! –recapacitó-. Hay un ejército mendocino también en San Juan. Pero creo que está en retirada –meditó-. Sí, se aleja; el ejército de nacionales lo corrió…
Relegó los pensamientos agoreros; se representó a las tropas pero estaba seguro de eludirlas o de no toparse con ellas, y resolvió llevar al niño a Buenos Aires. Ya escuchaba el tintineo de las monedas que el tío ricacho depositaría en sus manos.
-Está bien. Pero no partiremos ahora, porque ya amanece y nos será difícil escabullirnos a la luz. Lo haremos en la noche.
Los métodos que tenía Hilario Funes para procurarse un dinero no eran de los convencionales; juegos, ardides y mandados esporádicos le reportaban unos cobres. Por su estofa, habría tenido que revistar en la gleba de algún señor feudal, pero rechazaba con vehemencia esa servidumbre, aunque ello lo destinara a una constriñes eterna. Cualquier docto de la época lo hubiese entendido como el exponente del criollo; un natural al que deleitaban las disquisiciones teóricas y filosóficas, más que el pensamiento práctico; un criollo, por naturaleza, más inclinado al ocio y la contemplación, que soportaba con estoicismo su pobreza sin miseria, y que escapaba de aquellas tareas que suponía lo disminuían como individuo.
Por ello, cuando la llegada del “gringo”, se debatirían en ese suelo dos formas de vida: la una, tradicional, hispana y patriarcal, satisfecha con conservar su humilde dignidad en medio de la pobreza del desierto; la otra, materialista, que buscaría afanosamente el dinero y la riqueza. Sí; habría una diferencia entre el temple de hombres llegados de Europa sin un céntimo en el bolsillo y el de un natural del país, porque no habría nada que el primero no estuviera dispuesto a hacer para alcanzar la prosperidad material y había muchas cosas que el segundo estaba dispuesto a no hacer aunque le costara la vida. Funes oscilaba entre la pereza y el denuedo; pretendía una labor segura, pero se desanimaba tan pronto como imaginaba que las tareas (en el campo, como plantador o cuidador de hacienda) serían fatigosas, y la paga, misérrima. Entonces, esbozaba bonitos proyectos, y se entusiasmaba con ellos, pero nunca pasaba a la acción. En el último año había acumulado, al menos, quince diferentes empresas; todas las había proclamado a su mujer, Susana, pero nunca clareado el día en que el hombre se había puesto en pie antes del asomo del sol para poner manos en la obra en una sola. El “mañana empezaré” se prolongaba indefinidamente; hoy, tal excusa le impedía comenzar, otra al día siguiente. Vislumbraba aquellos planes como cosa de titanes, que requerían esfuerzos hercúleos y temperamentos firmes en todo tiempo, y se reconocía (aunque no lo dejaba traslucir al exterior) como carente de esas dotes.
Hastiada, Susana se había marchado tras resolver que ella misma iba a probar suerte en Buenos Aires. No esperaba que su generación fuera una continuación de la primera en cuanto a la constriñes de recursos. Por el contrario, ella procuraría que los propios, materializados en bienes, fueran holgados y numerosos, tanto como para alejarse, en un viaje sin retorno, lo más posible del estado original. ¡Era tan lastimoso experimentar los reparos, las distancias insalvables, con único fundamento en el metálico, que otros, satisfechos y aún bajo modales corteses, disponían entre su familia y aquellos!
El esposo, quebrado al fin por la pena, había resuelto emprender igual viaje a Buenos Aires.
[1] Este era el nombre usual que se le daba a los huérfanos y a los hijos ilegítimos.



7 comentarios:
empezaré por el principio...del que promete ser un hermoso libro...
besos!
(bueno, he leído este capítulo, peo comentaré cuando haya leido todo desde el principio...; mientras tanto, decirte que me está enganchando!)
Yo quiero saber que pasa ahora!!!
No te preocupes, que vas a ver fotos de los pingüinos y esas cosas.
Unbeso!
Cuidate!
Lei este y me engancho, voy a tener que empezar a leer desde el principio... mientras tanto espero el proximo.
Saludos!
Sigo la línea de los comments anteriores... Empezaré a leer desde el principio.
Me voy muy impresionada por la forma del relato y los diálogos.
muy bueno!!
Besitos, lindo.
¿Por qué será que las entradas que publicás me aparecen primero en el Google Reader y mucho después en tu blog?
Misterio planteado. La dejo picando...
Un abrazo!
Estoy tratando de seguir el "hilo de esta historia" Saludos!
Bueh... El dinero también mueve bueyes, se ve...
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